Héctor De León: Estudiar una bendición

Estudiar, una bendición

Héctor de León

Antes de que se fundara la Universidad Autónoma de Aguascalientes, no había de otra: quien deseara estudiar una carrera profesional, tendría que emigrar hacia otras ciudades. Desde luego que la referencia principal lo era el Distrito Federal y, por supuesto, la Universidad que se llevaba las palmas de generaciones lo era la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). No olvidemos que en Aguascalientes la permanencia del Instituto de Ciencias fue larguísima: 106 años impartiendo únicamente estudios de secundaria y bachillerato.

Entrar, aunque sea someramente a una retrospectiva, se mueven conciencias y sentimientos de aquellos que en diferentes épocas no les quedó otra que emigrar, dejar terruño, familia, amigos, todo por cristalizar el sueño de estudiar una profesión, que anteriormente se circunscribía a carreras de médico, abogado, contador o ingeniero. Por ahí saltaba la libre, y otros se inclinaban por convertirse en veterinario, agrónomo, biólogo o tal vez actuario.


No se necesita ser vidente para llegar a la conclusión que fundar la primera Universidad en Aguascalientes el 19 de junio de 1973, esto aconteció a destiempo, es decir, se tardó años lo que debió pasar, cuando menos, a mediados del siglo pasado. Pero no se trata de hacer drama, porque salir a estudiar fuera de Aguascalientes constituía una experiencia maravillosa, ya fuera a la ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, San Luis Potosí, Guanajuato o Zacatecas, lugares a donde salían principalmente los jóvenes antes de que tuviéramos aquí Universidad.

No puedo excluir, por el tema, una plática amena, en 1995, con el doctor Álvaro de León Botello, ex rector del Instituto de Ciencias, que recordaba con emoción el Aguascalientes del ayer: “Cuando llegué a Aguascalientes, de acuerdo a las estadísticas, había una población de 80 mil habitantes. La ciudad era pequeña, había pocas calles pavimentadas, la mayoría estaban empedradas. La higiene estaba por los suelos porque estábamos rodeados de establos, porquerizas, acababa de pasar una epidemia terrible de fiebre tifoidea en 1935; las personas caían como moscas, muchos de los alumnos y maestros del Instituto sucumbieron a la enfermedad y murieron en la flor de la edad. No había antibióticos, era espectacular e impresionante. Se me apachurraba el corazón de ver cómo estaba la ciudad en ese entonces.

“El ferrocarril tenía como unos seis mil trabajadores y había un flujo de dinero constante entonces, independientemente de la situación del campo, lloviera o no lloviera, hubiera cosechas o no. En aquel tiempo el Instituto de Ciencias era la única institución de estudios medio superior que albergaba en sus aulas a toda la juventud hidrocálida y al profesorado más connotado de esa época provinciana”.

El joven Álvaro recibiría después una beca del gobierno del Estado para que se fuera a estudiar a México la carrera de Medicina, en el Colegio Militar. En ese ayer, los afortunados sólo podían continuar sus estudios fuera; los que no, truncaban sus estudios por el trabajo. (hmdeleon@terra.com.mx).

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