El valor de una selfie

La inquietud tiene que ver con diversos estudios realizados por especialistas en mercadotecnia política, por modernos psicopublicistas que han desenmarañado a fondo el arte de la fotografía política “autoinfligida”, o como en la modernidad la conocemos, “la selfie”. Es sin duda un producto fenómeno de las redes sociales, de la conjunción de métodos modernos de comunicación digital emparejados por la modernidad de los equipos electrónicos capaces de registrar fotografías de forma instantánea y distribuirlas por todo el mundo en tiempo real, justo fracciones de segundo después de que el registro se haya realizado. En política el arte de la obtención y divulgación de selfies está convirtiéndose en toda una estrategia mercadológica que puede potencializar el rango de socialización del perfil de un candidato, pero que si no se ajusta a los estándares de distribución, racionalización y dosificación de los productos que rigen al mercado, pueden convertirse igual de fácil en peligrosas armas “antipublicitarias”, terriblemente contraproducentes para quien las utiliza. Por sí mismas, dicen los más prestigiados publicistas y publirrelacionistas de las estrellas de cine y televisión más importantes de Estados Unidos, las selfies y las fotografías de plano corto se han convertido en un instrumento invaluable para desahogar el natural narcisismo que el liderazgo provoca y que poco a poco se va acumulando como resultado del elogio y la alabanza recurrente. Es la selfie, un instrumento de autocontemplación al que si se le suman más actores rodeando al personaje, le pueden crear la sensación de arropamiento y el llenado de un hueco de popularidad. Alimenta la vanidad y por ende contrarresta la inseguridad de quien se autorretrata de forma constante, dice el gurú entrenador de liderazgos políticos, John Baldoni. El problema comienza cuando ese recurso de vanidad comienza a hacerse necesario para sentirse seguro y el personaje empieza a creerse una realidad fabricada por la ficción del retrato. ¿Las redes sociales sirven para alimentar nuestro ego?, por supuesto que sí, siempre y cuando esa alimentación mental no proyecte hacia el idealismo y la ficción a quien está sujeto de análisis. Baldoni dice que, incluso, en los sitios donde la vanidad es un instrumento de mercadeo y publicidad, como el cine, el teatro y la política, hay aplicaciones que miden la influencia de las personas en Internet y las repercusiones que su exposición a las redes sociales tiene cuando dicha exposición es generada por uno mismo. Las redes sociales se han convertido, de la noche a la mañana, en un instrumento alternativo de comunicación que permite difundir mensajes sin cortapisas ni las tradicionales censuras de un sistema oficialista que controla medios de comunicación, pero la eficacia de esos métodos de comunicación depende exclusivamente del alcance que se tenga en la construcción de la “red” de comunicaciones. Esto significa que la comunicación puede estar limitada al número de afiliados a esa red (contactos o amigos) que comparten el sistema y que ordinariamente coinciden con las personas afines al grupo o entorno político. Si el líder restringe sus procesos de comunicación exclusivamente a las redes sociales, corre el enorme riesgo de que sólo sea su grupo cercano de amigos los que reciban ese mensaje y el mismo no trascienda a nuevos mercados de atención. Baldoni asegura que el uso excesivo de las redes sociales para difundir ideas políticas puede incluso disfrazar o mimetizar el rango de alcance de dichos mensajes, limitando el radio de acción de la estrategia comunicacional. Un estudio de la Universidad de Michigan revela que Facebook y Twitter aumentan el narcisismo de las personas y esto lo percibe muy fácilmente el usuario. “¿Y la última moda de las selfies? Eso sí que es el súmmum del egocentrismo. ¿Qué hay más vanidoso que hacerse un autorretrato y publicarlo en las redes sociales para que lo admire todo el mundo? Y si sales con los morritos, ya ni te cuento”. Otro estudio, éste de la universidad holandesa de Wageninge, ha llegado a la conclusión de que las selfies reflejan inseguridad y pérdida de estima o ausencia de popularidad. De las 800 personas analizadas, más del 80% no tenía una vida pública y privada totalmente satisfactoria. El estudio evidencia el proceso que maquilla la imagen del líder al mismo tiempo que la despersonaliza y la aleja de la sociedad. “¿El propósito es satisfacer una simple vanidad, de convertir al usuario en un egoblogger? -se pregunta-; entonces la selfie es lo más apropiado para ese fin. Si lo que se busca es sembrar una propuesta y un proyecto de plazo mayor y más sólido, entonces su abuso puede convertir al protagonista en el peor enemigo de sí mismo”. Ahora, todos sonrían, “clic”.

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