Las vecindades en Aguascalientes

Los mesones fueron el antecedente de la hotelería; las vecindades, abundaban por toda la ciudad

* Por el rumbo de Ferrocarriles y de lo que fue “La Chueca”, estuvieron las que fueron más conocidas

Heriberto Bonilla
Los mesones fueron, durante siglos, las grandes hospederías, fueron los pioneros de lo que es la hotelería de la actualidad. Y al hablar de esto hay que Aguascalientes tuvo en su sitio de paso la presencia de gambusinos en la bifurcación de los caminos reales, por lo que la minería fue una de las primeras consideraciones importantes, el extraer de las entrañas de la tierra sus riquezas para enviarlas a la Nueva España, Guanajuato u otros sitios. Guanajuato dejó de ser minero y Aguascalientes era el paso de gente que transcurría en busca de nuevos puntos geográficos donde se pudiera explotar la tierra.

En 1575 había que dar acomodo a las gentes que pasaban por aquí.
La primera gran hospedería, según dice el ingeniero José Ciro Báez Guerrero a FUERZA AGUASCALIENTES, fue la misma construcción del fuerte o presidio que estaba sobre la Cinco de Mayo y que dio origen a la ciudad.
Aguascalientes empezó a configurarse a partir de que se declara Villa, se transforma a tal grado que una vez que se asienta de acuerdo con la Real Cédula que le da el rango de Villa se comienzan a construir posadas, fortalezas y mesones.

Esa fue la rústica hotelería de esos tiempos, aunque después habría de surgir otro tipo de hospedaje, el de las vecindades.
Y nos dice que durante muchas décadas en la ciudad existieron muchas fincas dedicadas al alojamiento de viajeros, que llegaban con sus recuas cargadas de mercancías, estos alojamientos eran conocidos como mesones, su distribución se dio según los puntos de mayor afluencia de llegada a nuestra ciudad.

Por el norte viniendo de Zacatecas, los mesones se podían encontrar por la calle de Tacuba (hoy de Cinco de Mayo) y en lo que es actualmente el Jardín Carpio, por el sur viniendo de México y Jalisco, se ubicaban por la calle del Obrador (hoy de José María Chávez) y por el poniente viniendo de Jalisco y Zacatecas, los viajeros podían encontrar alojamiento en los mesones de la calle de Guadalupe.
Fue durante la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del siglo XX principalmente, cuando proliferaron una gran cantidad de estos establecimientos por diferentes rumbos de nuestra ciudad, sobre todo en las arterias mencionadas.

Los nombres con que los identificaban eran de lo más variado, Mesón de Nuestro Amo, que se ubicaba entre las calles de Nieto y de los Barberos (actualmente Galeana), Mesón Amarillo frente al Jardín Carpio, Mesón de Aizpuru ubicado frente al mismo jardín, Mesón del Refugio por la calle del Obrador (hoy de José María Chávez), Mesón del Buen Viaje (por Cinco de Mayo), Mesón de Anguiano por la calle del Obrador, Mesón de Cornejo por la misma calle, Mesón de Jesús, María y José, en la esquina de Juárez con Allende y muchos otros.
Los mesones cumplieron una función muy importante en la ciudad, como sitio de alojamiento de los viajeros y comerciantes, que con su llegada sobre todo los fines de semana, provocaban una verdadera fiesta entre música y vino.

Y SURGEN LAS VECINDADES

De esta forma algunos de aquellos viejos mesones con su conformación original, formada por cuartos alrededor de los patios, con algunas adecuaciones fueron utilizados como vecindades, en estos cuartos darían alojamiento a gran cantidad de familias por muy numerosas que fueran, además de otras fincas construidas en forma rectangular, con dos o tres patios rodeados de cuartos, que podían ser desde cinco hasta más de cincuenta, tendrían este mismo fin.

Las adecuaciones más comunes fueron, agrega el ingeniero Báez Guerrero, la de una pequeña cocina por cuarto y una fosa séptica, que era utilizada por toda la comunidad, aunque en algunas vecindades no contaban con fosa, por lo que utilizaban alguna abertura del drenaje, o algún corral para satisfacer sus necesidades fisiológicas.

Al frente de las viviendas, siempre ocupando la mejor estancia, se encontraban en algunos casos los propietarios, cuando no era en esta forma dejaban al frente de la vecindad, a una persona normalmente del sexo femenino que llamaban “La Portera”, con vivienda a la entrada, lo que le permitía estar al tanto de la llegada, tanto de inquilinos como de visitantes.

Su función era además de llevar y traer chismes, abrir y cerrar la puerta a determinadas horas de la mañana y de la noche, en algunas ocasiones se extralimitaban en sus funciones por lo que no eran muy apreciadas, pero también les permitía ganarse algunas monedas con los trasnochados o novios lujuriosos.

Se ubicaban las vecindades, por su cercanía a algún centro de trabajo como el Mercado Terán, el Rastro, los Talleres del Ferrocarril y hasta la Zona de Tolerancia, marcaron en algunos casos el tipo de moradores que tenían estas estancias.

Y así podemos ver que por la primera calle de Oriente, hoy Alvaro Obregón, existía la vecindad de J. Jesús Amador, a pocos metros del Mercado Terán, exactamente frente a la Cancha del Estado que fue inaugurada en 1947, esta vecindad tenía una entrada muy estrecha, que no dejaba imaginar la gran cantidad de cuartos que encerraba en su interior, los moradores de esta vecindad, por su cercanía con este centro de trabajo, eran su mayoría trabajadores del mercado mencionado, durante el día, sobre todo por las mañanas, era un desfile de personas transportando mercancía a mano o en chamuquitos de la vecindad, que también utilizaban como bodega, rumbo al Terán también llamado el Mercado Grande.

Luego el ingeniero José Ciro Báez Guerrero cuenta que por la calle Guerrero se ubicaba la vecindad Grande de Doña Carmen Morones, ocupaba una gran extensión de terreno, exactamente frente a las instalaciones del viejo Rastro, y se componía del clásico zaguán a la entrada, dos amplios patios con lavaderos en el centro, rodeados de 31 estancias entre cuartos y habitaciones más completas.

Algunos de sus moradores como Jesús “El Resbaloso”, Jesús “El Armilla”, Aurelio Martínez “La Momia”, los hermanos Jesús y Antonio “Los Chanazos”, Alfonso “El Cielito”, José “El Corillo”, Alfonso “El Champabey”, Daniel Vázquez “La Rana”, Don Trino “Mantequero”, Isabel y José “Los Quiruba”, Alfredo de la Rosa “El Feo” y Don Jesús “El Portero”, tenían su lugar de trabajo en el Rastro.

Por el rumbo de los Talleres del Ferrocarril fueron muy famosas las vecindades. Se componían de alrededor de cincuenta cuartos, ubicadas al oriente de los Talleres y eran conocidas como las Vecindades del Ferrocarril, debido a que pertenecían a la misma empresa, por lo que eran ocupadas exclusivamente por ferrocarrileros, sobre todo de baja categoría, ya que los de mayor jerarquía se alojaban en las casas de la colonia Americana.

Todavía hace algunos años quedaban varias y cómo no recordar que ahí se comerciaba “ropa de segunda” que llegaba todos los días en el tren que venía de Ciudad Juárez, la que se adquiría por casi nada y muchas veces era nuevecita.

¨LA CHUECA¨

Otro sector de la ciudad influenciado por las vecindades, fue el de la “Chueca” como se conocía a la antigua Zona de Tolerancia, que hasta principios de los años 60s se ubicaba entre las calles de Jesús María, Terán, Privada de Terán y parte de la Libertad.

Ahí se encontraban algunas que eran ocupadas por músicos, damas de la vida galante y homosexuales, que normalmente trabajaban en la “Chueca”, se mezclaban entre familias de trabajadores completamente ajenos a este tipo de actividades, esto se daba sobre todo en las que se encontraban por las primeras calles de La Mora, que en ciertos momentos se convertían en una prolongación de la “Chueca”.

Por esta calle de La Mora, entre casas de asignación, como les llamaban a las casas de mala nota, cantinas disfrazadas de cenadurías, se encontraban, en el numero 33 la vecindad La Aurora, con sus 24 cuartos, propiedad de Santos Medina, la vecindad de Los Mecates en el número 117 y algunas otras.

Una de las vecindades más famosas de aquellos años era la Del Carro, que por los años veinte era propiedad de Daniel Becerra, se ubicaba por la calle del Cinco de Mayo frente al Jardín de Zaragoza, contaba con una gran cantidad de cuartos, en un terreno tan extenso que sobraba espacio para sembrar maíz y frijol, en esta vecindad durante los años treinta eran famosos los bailes que se celebraban cada sábado, amenizados por una pequeña orquesta o por un tocadiscos, en un patio a reventar de bailadores.

Otras vecindades aunque no estaban cerca de algún lugar de trabajo, también contaban con sus propias características, ya sea por su tranquilidad como la de Don Agustín Franco, que todavía existe por la calle de Alarcón, en la que se respira una gran serenidad, o por las tertulias que se formaban en su interior, como en la de Las Flores, ubicada por la calle de la Libertad.

Algunas de las tertulias eran de ambiente flamenco, como las que organizaba en su departamento “El Che” Gómez Luna, a las que asistían los actores del grupo Hamlet, Ambrosio Muñoz, Jesús Martínez Araiza “El Bimbo” y algunos otros actores del Centro Social Navarrete, que entre cena, café y vino tocaban la guitarra y cantaban, o las de ambiente más taurino, como las que organizaban en el patio, con guitarra, canto y baile, algunos aspirantes a novillero, después de las corridas de toros en la cercana plaza de toros San Marcos.

Otra vecindad que también tiene cierta tranquilidad, era la conocida como la de Carreón, de Zaragoza 46, por los años cuarenta contaba con 36 apartamentos, aunque con viviendas de más categoría, por lo que les llamaban apartamentos, por esos años era propiedad de Eulogio Buendía.

Algunas eran conocidas por la fama de sus inquilinos, como la vecindad de la primer calle de López Velarde, donde se encontraba la conocida como la de Palitos, debido que uno de sus moradores conocido como Palitos se pasaba todo el día en la calle, luciendo sus dotes de boxeador, golpeando a un oponente que sólo él veía.

Muchas calles del Aguascalientes de la primera mitad del siglo XX tuvieron este tipo de viviendas, como la del Estanque, actualmente de José María Arteaga, en el número 50, la de Quirino Durón con 9 cuartos, en el número 60 con 6 cuartos, la vecindad de Marta Alcalá de Rodríguez, en el número 72 se encontraba la vecindad con 5 cuartos de Salvador Alcalá.

En años un poco más recientes, en su tramo de Condell a Zaragoza se encontraba la de Don David Capetillo, que además era propietario de una tienda y un molino para nixtamal. Don David originario del poblado del Novillo, debía su fortuna a algunos cargos políticos que ocupó, era uno de los personajes más pintorescos del barrio, con tipo de cacique de pueblo; pantalón de valenciana color caqui, botines, sombrero y su eterna chamarra de piel negra con cuello de borrega, en la que disimulaba su inseparable pistola, que utilizaba cada fin de año para recibir al año nuevo.

Don David sudaba copiosamente, lo que trataba de mitigar tomando abundante cerveza en la tienda de su propiedad, o en alguna otra de la calle del Estanque, mientras escuchaba música de algún grupo norteño que a punta de pistola impedía que descansaran. También se le podía ver todos los días con su gruesa figura, sentado en un confortable sillón afuera de su casa sobre la banqueta.

Por esta misma cuadra se encontraba la vecindad de Don Rafael Rodríguez con su tienda de abarrotes, y por la acera de opuesta la de Don Juan Badillo y la de Don Jesús Delgado, que también era propietario de un molino.

Este tipo de viviendas daban alojamiento a una gran cantidad de familias, en las que predominaban los niños que causaban un gran bullicio, sobre todo por las tardes, cuando formaban verdaderos encuentros de futbol, en éstos, los vecinos o las personas que pasaban se llevaban de recuerdo algún balonazo, sin que faltaran los enfrentamientos a golpes de grupos que se formaban, tratando de mostrar su superioridad.

Al término de la arteria, que a finales de los años cuarenta llegaba hasta el Estanque que daba nombre a la calle, se encontraba la vecindad de los Pirules, propiedad de la familia Berlié, ocupaba un extenso terreno con su amplia portada estilo colonial, ventanas de gruesos barrotes, su pozo con brocal al centro del patio y algunos pirules, que daban el nombre a la vecindad, esta propiedad estuvo abandonada por muchos años, hasta que se hicieron algunas excavaciones, en donde según hablillas de los vecinos encontraron una gran cantidad de monedas.

La finca de los Pirules según versiones orales, daba alojamiento a la temible Acordada, una especie de Policía que con cualquier pretexto detenía a las personas, sobre todo cuando estuvo al frente el temible “Cojo Cecilio”, personaje tenebroso de baja estatura, picado de viruela y una nube en un ojo, que la mayor parte del tiempo se encontraba lleno de vino, que cuando veía llegar a los detenidos desfalleciendo por el cansancio y los pies sangrando, se compadecía de ellos mandándolos a descansar, con una cuerda al cuello y colgados de uno de los pirules.

Cuando el “Cojo Cecilio” no estaba en alguna casa de mala nota, después de curársela con menudo, probaba su pulso practicando al tiro al blanco, colocando una botella en la cabeza de alguno de los presos, pero con tan mala puntería que siempre daba en la frente del desdichado, por lo que seguía practicando.

Se puede pensar que en todos los rumbos de la ciudad había este tipo de viviendas, como en la primera calle de La Cruz, donde todavía es posible ver una de las vecindades más famosas, conocida como Lecumberri, propiedad de José Dávila, propietario además de la Sombrerería Dávila en la calle de Juárez.

Vecindad de dos plantas en forma de rectángulo, con balcones al patio de forma alargada y cuartos a los lados, lo que le da parecido a la famosa prisión de ese nombre, se alojaban todo tipo de gente, desde los más honorables hasta los de peor ralea.

Las calles más céntricas de la ciudad contaban con una o varias vecindades, como la de Rivero y Gutiérrez. En el número 78 se encontraba La Económica, de 14 cuartos, propiedad de Enriqueta R. Vda. de Oteo; en el número 146 de Alvaro Obregón estaba la vecindad de 23 cuartos de Luis Zepeda; en Galeana 117, la de 40 cuartos, de Ramón López Velarde; en Gorostiza 16 La Constancia, de Juana B. Vda. de Guerra, con 40 cuartos; en José María Chávez 13 la vecindad con 14 cuartos, de Jesús Olmos Aranda; la de 13 cuartos, de Anacleto Montoya ubicada en Nieto 171; hasta la misma calle Madero, en el número 179 tenía su vecindad de La Paz, con 20 cuartos, propiedad de María de la Paz Villalobos y muchas otras.

Luego el ingeniero Báez Guerrero recuerda que hace algunos años surgió un programa gubernamental con el fin de embellecer algunos rumbos del centro de la ciudad, buscando la forma de eliminar las vecindades, por lo que se prometió a sus moradores que si las desalojaban les iban dar viviendas más decorosas.

Cuando estuvieron terminados los nuevos departamentos se encontraron con que el precio estaba fuera de su alcance, por lo que tuvieron que emigrar a los suburbios de la ciudad, en busca de una vivienda de acuerdo a sus necesidades, de esta forma desaparecieron algunas vecindades de las calles Gómez Farías y Libertad, otras por su gran extensión, como los cines fueron convertidas en estacionamientos, aunque todavía subsisten algunas por ahí.

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