LA FRATERNIDAD DEL SER HUMANO
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LA FRATERNIDAD DEL SER HUMANO

LA FRATERNIDAD DEL SER HUMANO

“Un hombre solo no puede aplaudir; el entusiasmo requiere número y fraternidad” -Giovanni Papini-.

 

Comenzaré este artículo con el cuento del escritor Argentino Juan Carlos Pisano, que dice más o menos así:

“Se cuenta de dos hermanos que habían heredado un campo de sus padres y ambos habían construido sus casas allí, distantes unos doscientos metros.

El hermano mayor, Juan, era soltero y estaba muy feliz con su trabajo en el campo y los diversos hobbies que tenía. El hermano menor, Pablo, estaba casado y tenía dos hijos y una hija; también vivía muy feliz con su mujer y su trabajo. Los dos se dedicaban a la siembra, pero para no tener inconvenientes de ningún tipo habían separado el campo en dos parcelas iguales y también guardaban el fruto de la cosecha en graneros separados.

Sin embargo, una noche, Juan pensó que la situación era injusta. Se dijo que él era soltero y no necesitaba tanto como su hermano que tenía mujer e hijos que mantener. Entonces decidió ir a su granero, llenar una bolsa grande, cargarla en sus hombros y llevarla, en el silencio de la noche hasta el granero de Pablo.

Casi al mismo tiempo, Pablo también pensó que la situación era injusta. Se dijo que él era casado y que tenía hijos que iban a cuidar de él en su vejez. Sin embargo, su hermano Juan, por ser soltero, necesitaba contar con más recursos. Entonces decidió ir a su granero, llenar una bolsa grande, cargarla en sus hombros y llevarla, en el silencio de la noche hasta el granero de Juan.

Así fue que, cada noche, protegidos por el silencio y la oscuridad, los dos llevaban una bolsa grande de granos hasta el depósito de su hermano.

Claro que, al hacer ambos lo mismo la cantidad de granos permanecía invariable sin que ellos lo percibieran. Esto fue así durante mucho, muchísimo tiempo, hasta que una noche coincidieron sus horarios y se encontraron cargando la bolsa en la mitad del trayecto.

No hizo falta que se dijeran ni una sola palabra. Juan y Pablo se dieron cuenta de inmediato lo que estaba haciendo su hermano. Dejaron caer la bolsa a un costado del camino y se dieron un fuerte y casi diría interminable abrazo.

Los vecinos del lugar se enteraron de lo ocurrido y la historia se fue contando de generación en generación.

Cuenta la historia que hace muy poquito, por iniciativa de los bisnietos de Pablo, allí se construyó la estatua de la “fraternidad”.

 

Pero ¿Hacia donde quiero llegar con este pequeño cuento?

Actualmente vivimos en una sociedad que ha venido destruyéndose de manera mutua, los intereses ya son ególatras y pocas veces nos importa lo que le suceda a alguien que esté a nuestro alrededor, llámese familiar, amigo o desconocido, ya que solo nos interesa saber lo que le sucede para estar al tanto del “chisme” no necesariamente para brindar la ayuda y la mayoría de las veces quién ayuda, lo hace con el único propósito de obtener algo a cambio, pero no todos son así.

El ser humano ha venido perdiendo la esencia de la fraternidad para con sus semejantes, que importa si tienes una cita y haces esperar a esa persona 15 minutos o hasta una hora, ya que muchos piensan que, para eso, primero deben velar por su propio bien y no, el de los demás, desgraciadamente así se viene manejando nuestro pensamiento hoy en día, donde el pensamiento que nos domina es el famoso yo-yo.

 

Para poder retomar ese camino de ayuda, es necesario desapegarnos de las cosas que nos rodean, buscar la unión entre nuestros semejantes y así lograremos hacer que brote otra vez de nosotros esa palabra que tanto nos hace falta hoy en estos días “Fraternidad”, aunque cabe aclarar que para eso, no necesariamente se debe pertenecer a un grupo de personas, gremio o algún tipo de asociación, con el simple hecho de mostrar empatía por los demás, seremos fraternos, para con todos aquellos que nos rodean y si esto sucede ten por seguro que nuestras acciones serán correspondidas de la mejor manera por la vida misma, dejemos de pensar que la amistad con alguien está unida por un hilo de plata, que a la más mínima discrepancia, se rompería esa verdadera amistad, esa sensación de ayudar a los demás, recuerda que dice la lengua popular que “Las amistades se cosechan y se cuidan como a las flores, por eso deben cultivarse con mucha sutileza, nuestra amistad o fraternidad debe estar unida por una aleación prácticamente indestructible, ya que al hacer esto, tendremos objetivos claros, precisos, pero sobre todo constantes, nunca debe importarnos el color de piel, su creencia religiosa, su aspecto físico, mientras tengas ganas de ayudar serás una persona fraterna, misma que como lo dije anteriormente, el Universo entero conspirará y se encargará de agradecértelo, debemos ser comprensivos, enseñarnos a perdonar, pero muy por encima de todo ello, tenemos que renunciar a nuestro egoísmo.

 

Si es cierto, nuestro pensamiento está lleno de ideas contrastantes, pero si logramos unirlas, lograremos armar el mejor de los rompecabezas, pues para eso se nos dotó de diferente manera de pensar, para practicar la tolerancia y la voluntad, debemos entender que todos tenemos las mismas oportunidades en esta vida, que nuestro crecimiento solo debe ser parado hasta el fin de nuestros días, pero cuando eso ocurra, habremos dejado un gran legado que permita seguir con nuestro mar de ideas, recuerda ser fraterno incluso contigo mismo, no tomes decisiones que después tiendan arrepentirte de lo que decidiste y una vez que lo logres, serás fraterno con los demás, nuestro mundo es nuestro hogar y por eso somos hermanos, aunque vivamos en distintos países, en distintas colonias, en distintas casas, al final la fraternidad es el afecto y confianza propia de hermanos o de personas que se tratan como hermanos.

 

Por Oz

 

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