Joaquín Sabina entre el cielo y el infierno

Desde una silla de ruedas que empujaba Joan Manuel Serrat y mirando al público, Joaquín Sabina volvió a tomar el micrófono. Estaba claro que ya no cantaría, y eso era lo de menos: se esperaba que sus palabras aportaran alivio. Lo hicieron. “Me he dado un golpe muy fuerte en el hombro”, explicó el músico sobre su caída desde el escenarios ocurrida unos minutos antes en el Wizink Center de Madrid, en la noche del miércoles, el mismo día que cumplía 71 años. Un foco lo habría encadilado -en un principio se habló de un desmayo-, confundiendo sus pasos y precipitándolo al foso. Anunció también lo obvio: el recital se había cancelado. Y hasta se permitió bromear: “Estas cosas me pasan solo en Madrid…”. Sus admiradores suspiraron. Si hasta les pidió que guardaran las entradas, que el 22 de mayo volverían a verse, que unos y otros se tomarían revancha de ese traspié.

El alivio se fue apagando con el correr de las horas, a la vez que iban encendiéndose las alarmas. Este jueves Sabina debió ser operado de urgencia “para la realización de una evacuación de un hematoma intracraneal en el hemisferio derecho”, según informa el parte médico firmado por la doctora Mercedes Cuesta Nuin. La intervención fue exitosa. Internado en la Unidad de Cuidados Intensivos de Hospital Ruber Internacional, se encuentra “estable”, aunque también presenta diversos traumatismos: de hombro izquierdo, torácico y craneoencefálico. Un nuevo informe llegará en 24 horas; se espera que sus palabras aporten alivio.

Aquel chiste del andaluz sobre lo que le sucede en Madrid tiene mucho de cierto. El 13 de diciembre de 2004 fue lunes, pero para Joaquín resultó ser un viernes. Después de un lustro volvía a la ciudad de sus gordas de Botero, sus hoteles de paso y su taleguito de hash, pero su presentación en el Barclaycard Center Palacio de los Deportes tuvo un eco de frustración: el recital fue más corto de lo esperado porque el músico aseguró sentrrise “realmente mal”.

De inmediato el cantante reveló que había tenido un ataque de pánico, aunque tiempo más tarde volvió a desdecirse: buscó disimular sus ganas de vomitar apelando al pánico escénico. Y se enredó en una polémica por un comentario desafortunado: “Me ha dado un Pastora Soler”, dijo, haciendo referencia a la artista española que días antes había anunciado su alejamiento de la música, afectada por el miedo escénico. Joaquín se disculpó en público, Pastora lo aceptó; las dudas sobre qué le había en realidad ocurrido no se esfumaron. Cinco años después se repitió la situación con otro show escueto y un puñado de cancelaciones en distintas ciudades de la Península Ibérica. ¿El argumento? Esa vez, afonía.

En 2017, el hombre del bombín habló sobre sus “problemas” sobre el escenario durante una visita al programa televisivo El Hormiguero. Apelando a esa crudeza tan sabinera, recordó que dio “gatillazos en la época de la mala vida”, llegando a cantar en pésimas condiciones; cuanto menos, “sin dormir”. Hizo entonces un reconocimiento -casi obligatorio- a sus seguidores: “El público es santo, y no me ha tirado al pillón cuando me lo merecía”, admitió.

Sabina vivió para cantar. Y canta para vivir. En esa búsqueda de experiencias, ha experimentado más de lo aconsejado. A fines de los 90 tuvo lugar una de las etapas más oscuras de aquella época de mala vida: entre café, cigarrillos, whisky y cocaína en abundancia, terminó alumbrando 19 días y 500 noches, una de sus grandes obras. “Ese punto de concentración obsesiva que da la coca es imposible de encontrar de otra manera. El disco es un disco de coca, completamente”, reveló en 19 Días y 500 Noches. Sabina fin de siglo, el libro de Juan Puchades.

Pero allí también relaciona el infarto cerebral que sufrió el 23 de agosto 2001 con sus adicciones. “(Fue por) la cantidad de coca, a no dormir, los cafés y whisky que me metí para escribir (el disco), que fueron dos meses sin dormir”. La noche anterior al episodio, Sabina se acostó con un fuerte estado de ebriedad, según contó en un reportaje con la revista Interviú. Porque si bien por entonces ya no consumía, el desenfreno de su juventud había optado por alcanzarlo, al fin. “Conseguí alargar de manera suicida mi juventud hasta los 50, pero también disfruté de lo lindo”, dijo alguna vez quien bien podría haber buscado en la basura un gramo de locura.

Esa vez, Joaquín creyó que se moría. Y ese sombra no se marchó tan pronto. Alcanzado por la depresión, esa que -nunca había tenido dudas- solo afectaba a los demás, canceló recitales y comenzó un tratamiento. Se refugió en su casa, negándose a recibir ciertas amistadas vinculadas con los años oscuros. Hizo todo aquello que jamás pensó que haría. Maldita vanidad. “No quería ver a nadie. No quería que me vieran. Pero yo estaba bien en mi rincón: escribiendo, pensando, leyendo sin salir”, recordó en el documental 19 días y 500 Noches. Y allí, siempre allí, Jimena Coronado. Esa “mina antipersonal” con quien planea casarse, de acuerdo a la infidencia que cometió Serrat en una entrevista con Teleshow (¡no debía decirlo!).

De todo aquello Sabina emergió siendo otro, aunque tan parecido al de siempre. Hubo nuevos inconvenientes, sí. Otros recitales suspendidos. En Barcelona, por una caída en su casa en 2010; tres más en Estados Unidos ese mismo año por problemas intestinales. Una tendinitis en un pie le impidió cantar en Canarias unos meses más tarde de aquel miedo escénico que no fue (o sí). En febrero 2018 se golpeó un ojo tras perder el equilibrio, y su gira por México se dio por concluida. Dos meses después debía cantar en La Coruña, no pudo hacerlo por un problema de circulación. Y a mitad de ese año, de nuevo el Wizink Center: perdió la voz en medio de un show.

Así llegó Sabina -un músico que supo hacer turismo al borde del abismo- a sus 71 años. Y a la caída en el día que lo celebraba, el alivio inicial, la preocupación incipiente.

Pero a esta alturas, bromas suyas en el escenario y partes médicos al margen, sus admiradores no tienen dudas. La primavera sabe que Joaquín la espera en Madrid.

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