El maestro José Manuel Miranda abordó el caso de la supuesta contaminación del campo mexicano que frenó exportaciones a EEUU y resultó ser un brote en restaurantes de allá; llamó a retomar lavado de manos y a volver al productor local
Aguascalientes, Ags.- Hace un mes el país entró en pánico. La versión de que el campo mexicano estaba infectado provocó que se frenaran exportaciones hacia Estados Unidos y se señalara a los agricultores nacionales. Semanas después se confirmó que el problema sanitario no estaba en la lechuga o el cilantro, sino en los restaurantes del país vecino.
Con ese caso como hilo conductor, el maestro José Manuel Miranda presentó su recomendación literaria «El parásito invisible», una reflexión sobre la desinformación colectiva y la fragilidad de nuestra seguridad alimentaria.
El cuerpo, un campo de batalla
«El cuerpo humano es un campo de batalla donde se libran guerras invisibles», explicó Miranda, evocando a García Márquez en El Otoño del Patriarca.
A nuestro alrededor existe un universo oculto de bacterias, virus y microorganismos a la espera de un huésped debilitado. Nuestro organismo ha desarrollado defensas para sobreponerse a gripes, tos o fiebres, pero cuando la lucha rebasa el escudo celular aparecen las señales: escurrimiento nasal, sudoraciones, diarreas persistentes.
Entre los nombres que parecen pesadillas, mencionó Chagas, Hantavirus, Zika y Chikungunya, pero se detuvo en el que hoy preocupa con más fuerza en el entorno alimentario: la ciclosporiasis, conocida popularmente como diarrea explosiva.
Se oculta tras vegetales aparentemente inocentes y un simple sorbo de agua. Basta un diminuto parásito para encender las alarmas y mostrar lo indefensos que estamos ante algo tan simple como la alimentación.
¿Qué norma le exiges a una lechuga?
Miranda advirtió que el manejo de verduras, carnes, lácteos y agua potable no siempre cumple con un estándar mínimo normativo. Filtros sanitarios débiles o inexistentes nos vuelven blancos fáciles.
«Pareciera que después del COVID aprendimos la lección de lavarnos las manos tras ir al baño o antes de ingerir alimentos y de lavar frutas y legumbres, pero la osadía y el olvido de esas medidas elementales nos vuelven susceptibles a los mismos gérmenes», señaló.
La vulnerabilidad alimentaria, dijo, hoy pone en jaque al mundo. En la rutina, las prisas, el trabajo y la interconexión de los mercados, los alimentos recorren miles de kilómetros y durante ese trayecto aumenta el riesgo, se hace más lenta la detección y más difícil la cura. Aparecen pérdida de peso, diarreas continuas, dolor abdominal y fatiga.
Ya nada sabe igual
El debate derivó en la transformación de lo que comemos. La alimentación actual, afirmó, ya no es natural: está tratada, procesada, encerada y con químicos para acelerar el crecimiento de animales y plantas en dos o tres meses.
«Ya no te sabe lo mismo una manzana, una jícama jugosita, las fresas bien sabidas, el mango manila que con solo el color se te antojaba. Ahora lo ves paliducho. Te compras un panecito de marca y te apuesto que no sabe como hace 20 años, sabe a plástico, plastificado el paladar, ya no sabe a chocolate», ejemplificó.
La industria, aseguró, ha sacrificado sabor, textura y salud por venta. En las tiendas departamentales, explicó, ponen todos los tomates iguales, con cera para que brille bonito, mientras que en el tianguis se ven los colores, formas y tamaños reales del plátano, el pepino, el melón o la sandía.
A eso se suma la resistencia bacteriana: «La penicilina ya les hace los mandados. Necesitas medicamentos más agresivos que te provocan úlceras y destruyen tus intestinos».
Otros riesgos: hormonas y lavanda
Miranda alertó también sobre alimentos y productos hormonizados. Mencionó el caso de niñas y niños de 10 y 11 años ya formados, con periodo o erecciones, y citó una investigación en curso comentada por el biólogo Hugo Araiza sobre productos de bebé con aroma a lavanda que podrían estar hormonizando a los lactantes, a pesar de venderse como hipoalergénicos y neutrales.
«No creo que el campo mexicano haya dicho ‘vamos a infectar las lechugas’. Es más una guerra biológica involuntaria, producto del mal manejo», concluyó.
La propuesta
Ante este panorama, la invitación es clara:
Tener un huertito orgánico o hidropónico en casa, que no necesita tierra, con tubos de PVC o cualquier envase reciclado para sembrar zanahoria, jitomate o lechuga.
Y sobre todo, volver a comprar a los productores locales, en las tienditas de la esquina, en el agropecuario, en el tianguis, donde ves la fruta sin discriminar ni encerar.
«Compremos a nuestros productores locales, más cercanos, y les estamos ayudando en su economía. Y evítese un malestar de aquellos de ‘córrele que te alcanzo'», dijo.