La Universidad Autónoma de Aguascalientes, a través de su editorial, publicó el libro Arte funerario en el Estado de Aguascalientes 1875-1930, de la profesora-investigadora Lourdes Adriana Paredes Quiroz, el primer estudio que documenta cómo enterraba, recordaba y representaba visualmente la muerte la sociedad hidrocálida durante el porfiriato y los primeros años posrevolucionarios. La obra está disponible en descarga libre a través de la página de la Editorial UAA.
De los camposantos al cementerio civil
La investigación parte de un quiebre institucional clave: en los camposantos parroquiales (San Marcos, La Salud, Guadalupe) la gente pagaba por «vara cuadrada» pero nunca era dueña del terreno —la Iglesia vendía el mismo sitio las veces que fuera necesario—, además de que los espacios eran focos de insalubridad. Con el saneamiento porfiriano, el Estado se apropió de los existentes y fundó cementerios civiles: el primero fue el Panteón de Los Ángeles en 1875, seguido por los de Jesús María, Cosío, Rincón de Romos, Asientos y otros municipios, documentados todos en la obra.
El hallazgo: catálogos americanos y mármol de Carrara
Entre los descubrimientos de la doctora Paredes destacan:
- Las lápidas «pedidas por correo»: las familias encargaban lápidas de hierro fundido a catálogos norteamericanos; los cantereros locales copiaban los modelos y los reejecutaban en cantera, en una adaptación artesanal que hoy define el paisaje funerario del estado.
- La escultura de bulto redondo en mármol de Carrara — ejecutada en Italia e importada — con el taller potosino Villa y Hermanos como protagonista: el monumento de la familia Escobedo, la alegoría de la Esperanza Cristiana y las Vírgenes Prudentes, entre otros.
- Talleres regionales documentados: Romero Vázquez (Aguascalientes) y Boca Negra (San Luis Potosí).
- La tumbas de extranjeros — norteamericanos, alemanes de la fundición Central y los talleres ferroviarios, un turco, judíos — posibles porque el panteón civil ya no excluía por religión.
- La simbología: el árbol, obelisco o columna cortada como metáfora de la vida interrumpida; el quiebre de 1930, cuando el yeso, el concreto prefabricado y el terrazo sustituyeron al encargo exclusivo y los monumentos empezaron a hacerse «en serie».
Casos que ilustran la época
El libro registra el mausoleo-tempietto de la familia Volado y una placa funeraria de singular ironía: el sector del panteón inaugurado por el gobernador Manuel Carpio, quien murió en un accidente aéreo días después —»se construyó bajo su gobierno y se inauguró con su cadáver»—. También documenta la tumba «Omega» de Refugio Reyes, arquitecto vinculado al ferrocarril, cuya tecnología (el ladrillo, los catálogos, las lápidas de ferrocarrileros) transformó incluso la forma de enterrar.
Una «cementerióloga» de fuentes inéditas
Paredes Quiroz, egresada de la UAA (licenciatura, maestría y doctorado) y especialista en salubridad e historia de la muerte, contó que cuando inició la tesis —hace casi dos décadas— le cuestionaban las fuentes. Su respuesta fue ir al propio panteón. El resultado, con más de 100 fotografías, abarca todos los municipios del estado: «No se puede separar una cosa de la otra: el monumento funerario es donde se cierran todos los rituales y se crea un discurso visual para recordar», señaló en La Terca Memoria.
El libro se suma al acercamiento a la temporada de Día de Muertos y puede consultarse gratuitamente en el portal de la Editorial UAA.