La inactividad física mata: provoca cerca del 7% de las muertes en el mundo —unos 5 millones de personas al año—, una cifra que empieza a rozar los 8 millones anuales que causa el tabaco. Sin embargo, un estudio de la investigadora mexicana Dra. Débora Salvo (Universidad de Texas), difundido en el programa El Gallo por la maestra Gaby Camarillo, revela que la recomendación universal de «hacer más ejercicio» oculta una desigualdad profunda: no todos pueden elegir moverse.
Los tres dominios del movimiento
El estudio divide la actividad física en tres dominios: transporte (caminar o ir en bici al trabajo), trabajo (del sedentarismo a la carga física) y recreación (la que elegimos en nuestro tiempo libre).
Aquí surge la paradoja: en los países de ingresos bajos, el 87% de las personas es físicamente activa —contra 60% en los países ricos—. Pero esa actividad se concentra en el trabajo y el transporte por necesidad: caminar tres kilómetros al empleo porque no hay otra opción. La actividad recreativa —la más beneficiosa para la salud, la que se hace en condiciones seguras y entornos protegidos— predomina en los países de ingresos altos.
Educación y género: las mismas brechas
El patrón se replica dentro de cada país: quienes alcanzaron menor nivel educativo se mueven por trabajo y transporte; quienes tienen mejor educación hacen más actividad recreativa.
En género, las mujeres hacen menos actividad física que los hombres en todas las categorías… con una sola excepción: en los países pobres, la actividad por trabajo es empatada — porque ahí todas y todos cargan el mismo peso.
Tres modelos para repensar la política pública
Los autores proponen analizar la actividad física bajo tres lentes:
- Seguridad de la actividad física: como la seguridad alimentaria —el acceso al movimiento no debe depender de barreras económicas, estructurales o sociales.
- Necesidad vs. elección: no es lo mismo correr en un parque por gusto que cruzar un monte de dos kilómetros sin alumbrado público para llegar al trabajo.
- Intersectorialidad: las capas de desigualdad se acumulan. Mujer + pobre + país pobre = menos poder de decisión sobre el propio tiempo y cuerpo.
«150 minutos semanales» suena vacío
La reflexión final desmonta el discurso sanitario estándar: recomendar 150 minutos semanales de actividad moderada ignora que hay personas que trabajan 16 horas y llegan a cuidar a los hijos, o que su «transporte activo» es un riesgo de seguridad. «Hay que pensar bien bajo qué condiciones estamos todos. Si no, las recomendaciones suenan muy vacías», concluyó Camarillo.
El llamado es amplio: garantizar que la actividad física sea una elección posible, segura y libre de barreras — no un castigo adicional para quien ya carga con el peso de la desigualdad.