Hubo un día en que un joven de Aguascalientos se plantó en el lobby del hotel Quinta Real con un casete en el bolsillo y una idea fija en la cabeza: entregarle su demo al guitarrista de la banda de Luis Miguel. No lo buscaba para ser famoso —»jamás lo imaginé de esta forma»—, sino para pedirle clases. Seis meses después, ese casete —que casi se pierde en un cajón— sonó en las manos equivocadas, en las correctas: Fher Olvera lo llamó, y Sergio Vallín firmó un contrato de un año con Maná. El contrato expiró hace 31 años: hoy lleva 32 al frente de la guitarra de una de las bandas más grandes de Latinoamérica.
En el episodio 7 del podcast En Voz Alta, conducido por Lorena Martínez, el guitarrista abrió su corazón: su llegada a Aguascalientes, la escuela de música que fundó en su tierra adoptiva, su disco sinfónico con estrellas mundiales y el consejo que le daría a las nuevas generaciones.
«Soy hidrocálido por decisión»
Vallín nació en Ciudad de México, pero su sangre es de esta tierra: sus abuelos, por parte de mamá y papá, nacieron «por allá rumbo a Calvillo». Cuando la situación económica se puso difícil, sus tíos los llamaron y la familia completa migró. Él tenía 13 años. «Llegamos a esta ciudad tan hermosa y me enamoré de la música aquí», recuerda.
Ya traía la música en el cuerpo: la estudiantina de la primaria, la banda familiar Wando con sus hermanos —impulsados por su tío Ciro— tocando covers de los Doors siendo niños, con su hermana de apenas 7 años. Pero en Aguascalientes ocurrió el clic: entró a la Casa de la Cultura a estudiar guitarra clásica con el maestro Rosales y dijo: «Esto es lo que quiero hacer».
La docencia llegó casi al mismo tiempo que los estudios: como faltaban maestros, él mismo empezó a dar clases a los 13. Cuenta con risa la anécdota de la muchacha mayor que llegó de la Ciudad de México buscando al maestro: «¿No está el maestro? —pues, yo soy el maestro». La joven terminó siendo una de sus alumnas más destacadas.
El casete que cambió su vida
La historia del demo es ya parte del folclor del rock mexicano. Investigó en qué hotel se hospedaba la banda de Luis Miguel, llegó con su Walkman, esperó a Kiko (su ídolo como guitarrista) junto a la alberca, y le entregó el casete con la dirección y teléfono de la casa de sus papás, donde ensayaban. Pasaron meses. El casete rodó hasta que un productor, Pepe Quintana, le dijo a Fher: «Dale la oportunidad». A Fher, confiesa Vallín, el demo «no le llamó mucho la atención»: él estaba en su época de Joe Satriani y Steve Vai, «100 notas por segundo», y Maná requería otra cosa. Pero cuando habló con el joven y escuchó que tocaba de todo —música popular, ranchera, cumbias, clásicos—, le abrió la puerta.
Hubo que esperar: la banda salió de gira por Europa y Latinoamérica y grabó su disco en vivo con un guitarrista suplente. Al regresar, Vallín viajó a Guadalajara a «palomear» con su hermano Álex en el bajo, improvisaron Dire Straits, Police, de todo. A la semana, Fher le mandó los CDs para que sacara las rolas. Firmaron por un año. «Y ya no hizo falta firmar más contratos».
De guitarrista a compositor y productor
«Fer y Álex me dijeron: siéntelo como un terreno fértil para sembrar tus semillas», recuerda. Así lo hizo: pasó de guitarrista a compositor —la música de Bendita tu Luz, con letra de Fher— y a productor. Su versatilidad —la guitarra clásica de la Casa de la Cultura, el flamenco, los rancheros de la banda familiar— enriqueció la eclectisidad de Maná, un grupo donde conviven Me Vale, Clavado en un Bar y Mariposa Traicionera.
El círculo se cerró con el ídolo máximo: en 1999-2000, Carlos Santana invitó a Fher a participar en Supernatural; Vallín hizo el demo de Corazón Espinado, que se convirtió en uno de los discos más exitosios de la historia —ocho Grammys—, y después hizo gira con Santana por Estados Unidos y México. «Él es como mi gurú. Hasta la fecha somos buenos amigos». Tanto, que años después Santana tocó en su disco.
Manos: devolverle a la tierra lo que le dio
La parte menos conocida de su vida es la más querida: Manos, la escuela de música que fundó en Aguascalientes junto con su hermana. Inspirado por el maestro Mario Gustavo Juárez —»si alguien ha estado preocupado por la educación musical en nuestro estado, ha sido él»— y apoyado en su momento por la propia Lorena Martínez desde la presidencia municipal, Manos nació como un lugar donde los estudiantes «se sientan felices, libres, donde se diviertan».
«La música es curativa, terapéutica, mágica. Muchas veces los maestros tienen que hacer de psicólogos», dice, al ver a los niños llegar con ilusión y descubrir en el camino que un instrumento «es mucho más que tocar: es despertar el alma».
«Microsinfonía»: un disco hecho con amigos, no con presupuesto
Su proyecto más reciente lo resume con orgullo: un disco con la Orquesta Sinfónica de Praga, grabado en Dolby Atmos, donde la mitad de las obras son originales y la otra mitad versiones de compositores que admira. «Quería llevar las riendas de ese caballo: música por la música, sin disqueras».
La lista de invitados asusta: Juan Luis Guerra (guitarra de jazz), Alejandro Sanz (guitarra flamenca), Fher (armónica y voz), Marco Antonio Solís (percusión en una de sus rolas), Berta Rojas —la guitarrista paraguaya, directora de la carrera de guitarra clásica en Berklee— en «Don Sergio», la pieza dedicada a su padre; Steve Vai en la microsinfonía, y Ara Malikian —»para mí, el mejor violinista del mundo». Además, su hermano, su hermana, su hija y su hijo. «Nadie me cobró un centavo. Fue de veras porque querían hacerlo», se emociona. El disco se presentó en Madrid el día de la histórica nevada que paralizó a España: «No podíamos salir del estudio. Fue una odisea, pero muy bonita».
Los Beatles, el amor y el legado
A los 7 años escuchó por primera vez un disco de los Beatles en casa de un amigo, en vinilo. «Ese día dije: yo quiero hacer canciones. Han sido mi escuela». Por eso se le llenaron los ojos al ver la imagen de McCartney y Ringo Starr cruzando de nuevo Abbey Road: «¿Quién iba a imaginar todo lo que se iba a desencadenar?».
¿Qué sostiene su éxito? «El entorno: la familia, el equipo. Un grupo es como un matrimonio: si cada quien estira para su lado, se rompe. Donde hay amor, el amor se expande». Y a la pregunta de cómo quiere ser recordado, responde sin dudar: «No tengo ninguna pretensión de que la gente me recuerde. Me gustaría que mis hijos sientan que fui un buen papá».
Lo que sobra y lo que falta en Aguascalientes
Su diagnóstico para la escena local es frontal: «Sobra talento, sobran ganas. Lo que falta son escenarios, escaparates, dónde tocar». Recuerda que antes todos los bares y restaurantes tenían música en vivo; hoy esa parte de la música está en crisis. Lo ve en su propia hermana, Rocío, que sigue cantando «en menos lugares de los que quisiéramos», y en la bandita de niños de Manos —dos niñas y un chavito tocando heavy metal— que ya fue a Guadalajara y a la Ciudad de México, pero aquí no tiene dónde presentarse.
Su mensaje a los jóvenes es el que abrió la entrevista: «Cuando es por amor lo que haces, nada externo te afecta. La música es maravillosa y no hace falta nada externo para hacerla y sentirla. Lo único que hace falta es el corazón bien abierto y los oídos bien despejados». Y a los papás, pide lo que le hubiera gustado oír más: «No tengan miedo de apoyar a sus hijos. Y que también estudien una carrera: entre más elementos tengan, más van a enriquecer lo que hagan».
La guitarra con su nombre
El primer guitarrista latinoamericano con una Gibson de edición limitada con su nombre —solo 100 piezas, hechas en el Custom Shop Murphy Labs, inspiradas en una guitarra de 1955 que él posee— la toca en vivo y la presume con humildad: «Ojalá sigan los ojos en más guitarristas latinos. Hay tantos, tantos, tantos por aportar a la música internacional. Ya lo están haciendo».
Porque para él, la guitarra siempre fue eso: «una extensión de mi alma y de mis manos».