¿Sabía usted que el mundo imprime más billetes
de Monopolio que dinero de verdad cada año?
Que los cepillos azules superan en número a
los rojos, como el cielo vence al ocaso.
Que la risa —esa pequeña resurrección—
visita a una persona trece veces al día. Que las
uñas de las manos crecen cuatro veces más que
las de los pies, como si los dedos tuvieran prisa
por señalar el futuro. Que el 85% de las mujeres
usan sostén.
Que el 14% devora las semillas de la sandía
como quien guarda secretos diminutos.
Que un hombre tiene seis veces más probabilidades de ser tocado por un rayo que una mujer y que uno en dos billones llegará a despedirse de la vida con más de 116 años.
Que el 47% de la gente, cuando nadie mira,
bebe la leche directo del cartón, que en promedio usamos 57 hojas de papel higiénico al día,
que al mismo instante, al menos un 7% de la
humanidad está ebria meciéndose en el mismo
planeta sin saberlo. Que hay un 50% de probabilidades de que el control remoto perdido yazca entre los cojines del sofá, como un corazón
olvidado.
Que quemamos más calorías masticando
apio que las que él nos entrega. Que pasamos
dos años de nuestra vida al teléfono, que más
del 25% de los bosques del mundo se aprieta en
Siberia, pulmón helado y verde. Que el 5% de los
sueños aún se visten de blanco y negro, como
fotografías antiguas del alma. Que si una niña
tiene una Barbie, lo más probable es que tenga
siete, como un mandato de la infancia. Que nos
toma siete minutos rendirnos al sueño y que uno
de cada tres dueños de perros confiesa haberles
hablado por teléfono, como si el amor no entendiera de distancias.
Todo esto, querido lector, viene al caso porque me encontré con mi amigo Manuel, que en
la universidad vendía enciclopedias y cuando le
pregunté cómo lo hacía en aquellos años y me dijo
que estas citas las repetía en una posible venta. Él,
decía, vivía en un mundo maravilloso y esa maravilla era su saludo, su puerta de entrada.
Que habitaba plácidamente entre las hojas
de los árboles y las páginas de los libros, y que,
viviendo su vida, siempre estaba cruzando la de
los demás.
Era un trabajo sencillo, pero elitista, pues
pocos podían comprar el lujo de saber. Al timbre, no era raro encontrar a un vendedor de enciclopedias. Se les recibía con cortesía, se les oía
con respeto. Él no vendía tomos: vendía verdad.
Tenía que seducir, enganchar, colar una idea como quien filtra luz. Era embajador del saber, no
un rústico vendedor de muebles en abonos. Su
moneda era la elocuencia; su herramienta, la
paciencia.
Con la mirada discreta de un agente secreto, calculaba la economía de su interlocutor para ofrecer un pago en una exhibición o en suaves
parcialidades. Era complemento de los profesores, y como un sacerdote, debía ganarse la confianza antes de abrir el libro.
Cuando llegaba, la familia se reunía bajo el
asombro. Él ofrecía el salto del oficio a la licenciatura, del ladrillo de datos a la catedral del conocimiento.
Miraba al estudiante y preguntaba:
— “A ver, ¿sabes cuántos metros mide el
Everest?”.
El menor callaba, y el padre sentenciaba:
— “¿Ves? ¡Ni eso sabes!”.
El vendedor, triunfante, daba la cifra que
cortaba más que un cuchillo:
— “El Everest mide 29,029 pies, o sea, 8,848
metros”.
Y abría el tomo: — “¡Todo está aquí!”.
— “¿Y el Misisipi? 3,770 kilómetros. Pero si le
sumamos su afluente, llega a 6,800.
¡Todo está aquí!”.
(Me contó que un día entró en una casa que
otros llamaban humilde, y al ver tanta carestía,
les dijo a los padres: “Su hijo no necesita saber
cuánto mide el jodido Everest”).
En honor a Manuel, leeré y aprenderé cosas
que de nada sirven, pero que están en mi enciclopedia y en ellas, quizás, habita el único sentido que vale la pena: el asombro de saber que
el mundo cabe en una página y que una página
puede contener un mundo.