Fui a la clínica de mi amigo médico Memo
Llamas.
Al bajar al subsuelo, hacia la penumbra
del estacionamiento, el ascensor se detuvo
y abrió sus fauces metálicas para recibir una
enseñanza de vida. Dos niños y dos mujeres
subieron como caravana. Una de las mujeres
traía una bebé recién nacida de brazos.
La mujer, con su carga de apenas ocho
días, sostenía un misterio más antiguo que
todas las pirámides. Ocho días, apenas un
suspiro en el calendario cósmico, pero ya
suficiente para que sus ojos, todavía empañados por el agua del origen, destilaran la
esencia del asombro. La nena es un altar en
diminuto.
“Bienvenida a este mundo”, le dije yo, un
extraño del ascensor. Pero mi voz, aunque insignificante, llevaba la intención de todos los
que alguna vez hemos llegado y hemos deseado que alguien nos reciba.
Entonces ocurrió el milagro, la pequeña
bebé sonrió. No fue una mueca, ni un reflejo, fue una aurora que se encendió en su rostro minúsculo. Fue la primera vez que el caos
del mundo se ordenaba en un gesto para ella,
y yo, por un instante, fui el destinatario de su
primer mapa de alegría.
¿Cuánto vale una sonrisa de una recién
nacida? No tiene precio en las monedas que
acuñan los bancos, pesa menos que una pluma y es más grande que todas las montañas.
Es el único billete que se imprime en la fábrica
secreta del alma y que sólo se puede cambiar
por segundos de luz verdadera. Es una burbuja de eternidad.
El ascensor seguía bajando, pero yo ya no
estaba en él. Había sido transportado a una dimensión donde el tiempo se mide en latidos y
los metros se cuentan en caricias. Los niños,
ajenos a mi éxtasis, jugaban con los botones
y las mujeres hablaban de pañales y de leche,
pero yo escuchaba la sinfonía de un universo
que se reordenaba en torno a esa sonrisa.
Fui a saludar a mi amigo y recibí la vacuna
más poderosa contra la tristeza en un ascensor cualquiera, de manos de una diosa diminuta. La clínica, con sus pasillos blancos y su
olor a alcohol, se había convertido en el templo donde se aparecía la diosa.
El estacionamiento, cuando al fin llegué,
era un inframundo de hormigón y luces parpadeantes, pero yo caminaba sobre alfombras
de nubes. Cada coche era una nave espacial,
cada columna un pilar de una catedral gótica, porque una sonrisa de ocho días me había
ungido como testigo de la Creación. No había
ido a despedirme de nadie, había ido a encontrarme con el comienzo de todo.
Y al salir de aquel ascensor, supe que el
doctor Memo, con todos sus conocimientos,
podría explicarme el mecanismo de los músculos faciales, la neurología del reflejo, la biología del gesto. Pero nunca podría decirme
por qué esa sonrisa, la primera que yo veía nacer, me hizo más feliz que todos los diagnósticos acertados de su carrera.
Porque la felicidad no se mide en estudios, se mide en instantes de gracia como
aquel. Soy feliz porque aquella niña de ocho
días de vida, cuyo nombre no conozco, me
sonrió…