Ven, siéntate, que quiero contarte algo, aquí
bajito, al oído, porque estas cosas no se dicen
muy fuerte, se guardan como se guardan los
tesoros, en el bolsillo de adentro.
Mi padre era barrendero, de los que se
levantan cuando la noche todavía no se ha
ido del todo y barren las calles antes de que
el mundo despierte. Yo era su sexto hijo, y
desde muy chico aprendí que las escobas
también cuentan historias, que los carritos
de basura ruedan como carrozas de un reino
invisible.
Mi infancia tuvo por escenario las calles
vacías de la madrugada, esas que huelen a
humedad, a pan recién hecho y a rocío sobre
el pavimento. Mi padre era mi héroe con capa de humildad y ese poder de dejar el mundo limpio antes de que llegara la gente. El me
prestaba su joya: su escoba que fabricó con varas largas.
Me enseñó a leer el viento, a saber cuándo
iba a llover sólo con mirar las hojas que arrastraba la brisa. Me decía que los barrenderos
somos los primeros en saludar al sol, los que
vemos cómo la ciudad se estira y bosteza antes de ponerse de pie. Y yo me sentía importante, ¡un vigilante de la madrugada, un pequeño guardián de aceras y esquinas!
En esas caminatas aprendí los nombres
de las cosas sencillas: el sonido de la escoba
contra el cemento, el tintineo de las latas en
el carrito, el saludo silencioso de otros barrenderos que se cruzaban con nosotros como fantasmas. Mi padre les decía “compañero” y yo
entendí que esa palabra valía más que cualquier título. Éramos una hermandad de los
que limpian lo que otros ensucian.
Una vez encontré en la basura un libro de
cuentos, mojado y con las páginas pegadas.
Lo sequé al sol durante días, y mi padre, al
verlo, me dijo que los tesoros a veces llegan
envueltos en basura, y que hay que tener ojos
de barrendero para reconocerlos. Ese libro se
convirtió en mi mayor riqueza, y aún recuerdo
cada historia como si me las hubiera contado
un duende.
Mi padre sabía hacer de todo, pero había
elegido barrer porque creía que un mundo
limpio era un mundo más justo. Y yo lo creía,
con esa fe absoluta de los hijos a nuestros progenitores.
Cuando cumplí ocho años, mi padre me
dejó barrer cinco cuadras enteras yo solo. Fue
mi primera aventura de verdad, mi rito de iniciación. Sentí la escoba pesada, el sudor en la
frente, recogía los sobrantes en bolsas de las
casas y recibía una propina al terminar, él me
miró con unos ojos que brillaban más que el
sol de mediodía. No dijo nada, sólo me puso
la mano en el hombro, y ese gesto valió más
que mil palabras.
Hoy, cuando camino por las calles, todavía escucho el eco de aquellos días. Veo a los
barrenderos y les sonrío, porque sé lo que hacen antes de que el mundo despierte. Les he
contado estas historias-aventuras a mis hijos
bajito al oído, como me las contaba mi padre, para que sepan que no hay oficio pequeño cuando se hace con amor, y que los héroes
más grandes a veces llevan escoba en lugar de
espada.
Tengo otras historias que me ha traído el
tiempo, pero el origen no condicionó mi destino.
Si quieres oírlas, ven, siéntate…